Catamarca. Argentina
LA TUNITA, EL LEGADO DE LOS ANTIGUOS
Un viaje a lo más profundo de la Cultura Aguada. El parque arqueológico de La Tunita es una joya inigualable que atesora la exuberante Sierra de Ancasti. Una caminata inolvidable entre los cerros, en contacto con la naturaleza y los originarios.

El día caluroso nos llevó desde las Termas de Rio Hondo, recorriendo Villa La Punta con su pequeño dique y su pintoresca iglesia y pasando por Frías, la ciudad de la amistad, por Ruta Nac. 157 hasta San Antonio de la Paz.Cruzando la pequeña Icaño tomamos por Ruta Pcial. 2 subiendo a la pródiga Sierra de Ancasti.

La tarde caía en la Hosteria El Paso del Indio en la pintoresca Villa de Ancasti y aprovechamos a bajar al Rio Los Molinos a refrescarnos un poco. El agua cristalina, las piedras grises y las aves que nos rodeaban generaban el ambiente de relax buscado.

La noche tibia nos regaló un desfile de carrozas de los chicos de las escuelas rurales de la zona, en la plaza de la localidad. Su imponente iglesia iluminada recortaba su figura en los bordes de las sierras.

Había que levantarse a las 6 para poder llegar temprano a Icaño y de ahí emprender la larga marcha… pero la Pachamama nos deparaba una sorpresa durante la noche. Una tormenta que no fue refrescó la madrugada y lo que esperaba ser un dia agobiante y caluroso resultó ser nublado y fresco.

Una ventaja por lo que debíamos atravesar. Un sendero en el monte con vegetación tupida, espinosa, vadear el rio los molinos infinidad de veces. Seguramente el sol y el calor hubieran sido muy condicionantes…

Desandando el Río los Molinos

Junto a mi amigo Fernando Cisternas, guía local de Icaño, que hizo este recorrido cientos de veces, y a Rosario -mi amiga porteña que vino de visita a Catamarca-, subimos por el rio Los Molinos en un paso lento pero inexorable. Luego de casi una hora, pasamos por un antiguo molino hidráulico con su piedra de moler casi intacta, vestigio del paso de los jesuitas por la zona.

Comenzamos a trepar las suaves serranías a través de exuberantes bosques de cebiles, frondosos árboles cuyo fruto era molido y fumado o inhalado por los originarios utilizándolo como un potente alucinógeno. Pasamos por una bella veta de cuarzo blanco y en la cima pudimos divisar la inconmensurable llanura que une las provincias de Catamarca y Santiago del Estero.

Llegar a La Tunita guardaba para mí un halo de magia, misterio y mucha emoción. Hacía más de diez años que esperaba este momento. Las piedras cóncavas diseminadas en el terreno generaban una visión surrealista, como enormes capullos que esconden una historia que se resiste a desaparecer.

Una experiencia de otro tiempo

La Tunita se trata de un conjunto de aleros y cuevas con una gran concentración de pinturas rupestres en color blanco amarillento en su techo y paredes, que datan del 450 al 950 d.C. Sus pinturas de chamanes, jaguares, serpientes y otros animales son del estilo propio de la cultura Aguada, predecesora de buena parte de las culturas del noroeste argentino.

Ingresamos a la sixtina (su nombre está inspirado en la belleza de los frisos de la capilla del vaticano), un alero cuyas variadas y cuantiosas figuras muestran diferentes escenas de su vida… guerreros, animales, el danzarín (cuya figura me sugiere una escena de caza, donde un mono se saca una flecha clavada lanzada por un individuo con arco y flecha en segundo plano), figuras abstractas todas se dan cita en esta maravillosa conexión con nuestro pasado y su gente. A pesar de haber visto mucho en mis viajes, no pude retener las lágrimas de emoción, todo allí vibra de poderosa energía. Otros aleros muestran diferentes figuras y señas de una vida transcurrida bajo su abrigo.

Dan ganas de quedarse ahí sólo contemplando, vinculándose con la tierra y el legado de los antiguos. Luego de resistirnos a partir, el regreso fue más rápido y el calor empezó a mostrar su fuerza… el objetivo estaba cumplido, ya nada nos quitaría la energía y el recuerdo de esta vivencia única en el noroeste argentino.

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